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El único destino del mundo con Tumbas al aire libre en los senderos

Discutirle a Madagascar el título de territorio más singular del mundo se antoja difícil. Incluso la estrambótica Australia se queda corta ante las rarezas que alberga la gran isla africana, separada del resto del continente hace entre 65 y 165 millones de años, según se cuente la rotura de Gondwana o su escisión del subcontinente indio.

Cuarta isla en tamaño del planeta, Madagascar da para albergar todos los ecosistemas tropicales posibles. Uno de los más impactantes es el que ofrece el parque nacional Isalo, situado en el tercio más meridional de la isla. No es gratuito que se trate del espacio protegido que recibe más visitantes, año tras año.

Avanzar por los caminos tradicionales del Parque Nacional de Isalo, en Madagascar, es tarea para personas en forma que no desprecian las subidas escalonadas que se prolongan durante horas, el paisaje semidesértico y unas temperaturas invariablemente altas.

La recompensa no solo está en las caprichosas formas rocosas de color pajizo. También en los singulares árboles elefante, unas miniaturas robustas, parientes de los baobabs, que ofrecen unas deliciosas flores de color amarillo y una ausencia total de hojas la mayor parte del año.

Y entre sus ramas, si se es un observador paciente y tranquilo, se hallan las camufladísimos insectos palo y los ubicuos camaleones. Estos reptiles son, junto a los lémures, los reyes de la fauna malgache. Hay docenas de variedades, de tamaños que van desde la uña de un pulgar a un brazo de humano adulto. Y la gama de colores que ofrecen es igual de diversa.

Aun con todas esos asombrosos regalos naturales, el visitante de Isalo seguramente se verá sorprendido sobre todo por una actividad humana, la que llevan a cabo los miembros de la tribu bara, para quienes ese territorio es sagrado.

Se trata de las tumbas a cielo abierto que aparecen en cualquier rincón sombreado. Son unas cajas metálicas ricamente decoradas que no recuerdan a ataúdes, sino más bien a baúles de viaje con una cubierta a dos aguas, es decir, que imita a una casa. La tapa nunca está cerrada del todo, solo colocada sobre el recipiente principal sin ajustarla completamente. Ello explica parte de las prácticas religiosas de Madagascar.

Hay que saberlo antes de viajar a ese país africano: la relación de los malgaches con la muerte no tiene nada que ver con la nuestra. Los difuntos reciben una atención especial, se les organizan fiestas en las que corre el alcohol con abundancia y en el que, literalmente, el difunto está en el centro del corrillo.

Los cuerpos momificados de las personas queridas se sacan de la tumba, a menudo una vez al año (en función de la tribu a la que se pertenezca) para llevar a cabo estos jolgorios en los que se acepta la presencia no solo de los familiares más cercanos, sino de todo aquel que desee reconocer al fallecido.

Para ello hay que aportar una botella de licor y algo de comer y unirse al festejo sin más. También son bien recibidos los turistas extranjeros, que son invitados efusivamente a la celebración.

Si uno tiene una relación difícil con los cadáveres amojamados vale la pena tener a mano una buena disculpa ante el convite. Una de ellas puede ser utilizar como filtro al conductor del vehículo o al guía, que pueden erigirse como “escudo” para pergeñar una excusa correcta. Si no, asistiendo con respeto y sin hacer aspavientos ni gestos de rechazo, asco u horror, hay que aprovechar la oportunidad de vivir unas fiestas que solo se dan en esta forma en territorio malgache.

Si en una de las excursiones por Isalo se halla un baúl de difunto completamente abierto significa que los familiares han acudido para llevarse a la momia a una de las fiestas estacionales. Si la tapa está entornada, el cuerpo está dentro. En cualquier caso, debe actuarse con respeto en ese lugar.

Como para casi todos los espacios naturales protegidos de Madagascar, se requiere un vehículo de tracción doble para llegar al parque nacional Isalo. Se puede acceder desde la ciudad costera occidental de Toliara, a unos 240 kilómetros.

Para las desesperantes carreteras malgaches, una distancia así puede tomar una jornada completa de conducción, o algo más. Dentro del parque, hay que caminar muy bien protegido del sol y con abundante agua en la mochila.

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