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La muerte niña, el dulce ritual que celebraba la entrada al cielo de un nuevo angelito

A mediados del siglo XIX y hasta principios del siglo XX la costumbre de fotografiar a los difuntos era común. Para las familias católicas que perdían a un niño o niña, era especialmente importante fotografiarlos, pues así celebraban su entrada inmediata al cielo. A este ritual en desuso se le conoce como la muerte niña.

De hecho, parece que esta práctica llegó desde París y dichas imágenes, en el contexto del romanticismo imperante, no daban cabida al morbo.

Además, en el siglo XIX la mortandad infantil tenía una alta incidencia, pues enfermedades como viruela, diarrea, fiebre y pulmonía eran letales.

(1905) Foto: Romualdo García Torres

La muerte niña, un ritual común hace más de un siglo

Si bien esta costumbre nos puede sorprender hoy, en su época permitió que varios fotógrafos se hicieran de renombre gracias a este tipo de retratos; por mencional algunos: Juan de Dios Machain, José Antonio Bustamante Martínez y los más conocidos, los hermanos Casasola.

Estos fotógrafos y otros se anunciaban en periódicos de la época, como el Monitor Republicano (1844-1896), ofreciendo retratos sobre papel con un costo adicional si se requería una visita a domicilio.

Los angelitos

El retrato que se les hacía a los niños no solo era un ritual de despedida o la preservación de un recuerdo; sobre todo era una celebración de que entraban inmediatamente al cielo porque estaban libres de pecado. De ahí que los vestían de ángeles.

Además, los preparativos tenían un carácter sagrado, la idea era enfatizar la santidad y pureza del menor, a partir de la elección cuidadosa de la vestimenta; la escenificación en torno al cuerpo; el soporte y el uso de las flores; las más comunes eran las azucenas, los nardos, las margaritas, las rosas blancas y nubes.

Foto: el capitalino

Cada detalle del ritual obligaba a los afligidos padres a buscar consuelo en la creencia de que el cielo había ganado un nuevo ángel. El retrato posteriormente se colocaba en algún lugar destacado de la casa, para mostrar con orgullo a su querubín.

Todo el ceremonial brindaba consuelo y esperanza a la familia, y a través de la fotografía se celebraba el nacimiento del niño a una nueva vida.

Por último, vale la pena reflexionar que el observador cuidadoso, podrá encontrar en este tipo de retratos no solo la muerte de un pequeño, sino sobre todo, el amor y la dedicación con la que fueron preparadas las fotografías por sus seres queridos.

Foto: Prensa Libre

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