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Reserva en este lugar que asegura limpiar el alma

Hay que tomar tres trenes, pero los enlaces dejan apenas unos minutos para cada cambio. Y además hay que correr por pasillos, pasos subterráneos y puentes, porque cada convoy llega y se marcha al punto, tal como dicta el horario. Y, al minuto exacto, estás en Takayama, al pie de las montañas Hida, en el corazón de los Alpes Japoneses.

El nombre de la ciudad, ‘montaña alta’, lo suscriben las vertientes que la envuelven, cubiertas de bosques. Ese es su oro. Desde quien sabe cuándo, abetos, pinos, alerces y tejos han abandonado estas laderas para ir a sustentar los palacios, templos y casas de fama de todo el país. Fue tal el prestigio de sus carpinteros que se les permitía suplir el pago de impuestos por horas de trabajo.

En Japón uno no se puede presentar en un alojamiento y preguntar si disponen de alguna cama libre. No sé si tal barbaridad se acerca a presentarse en bañador, chanclas y un vaso de gin-tonic a una recepción real, pero seguro que, sin querer, habremos acumulado ya una extensa lista de ofensas al código de conducta japonés.

Así que, si no se ha sido previsor, mejor llamar desde la estación de tren o desde la oficina de turismo local y entonces sí, cuando se ha confirmado la reserva, podremos dirigirnos al establecimiento elegido.

Cuando te presentan la habitación, lo único que verás es una sala con el suelo cubierto por tatamis, que desprenden un leve y cálido aroma de paja. La etiqueta dispone que hay que descalzarse, claro, y también evitar pisar las líneas que los separan. En las paredes, unos tabiques de madera pintada de blanco separan la habitación de las contiguas.

Al descorrer las puertas y el patio interior entras en el dormitorio, un pequeño universo natural con rocas, árboles y dos ríos. Como todo, su disposición tiene su intríngulis: dicen que se puede alcanzar la tierra pura si se recorre con el nombre del buda pertinente entre los labios. En cualquier caso, la naturaleza complementa a la perfección la austeridad de la habitación.

Las camas se montan al atardecer. Pero, antes de echarte, acércate al Kaidan-meguri. Es un laberinto oscuro que discurre por debajo del salón donde tienen dispuesto el Hibutsu. La oscuridad representa la ceguera que nos impide fijarnos en lo realmente importante.

Hay que avanzar a tientas y encontrar el cerrojo que guarda la imagen. Al conseguirlo, además de obtener unos bonus de buena fortuna, se puede salir con el alma limpia de todos los pecados. Inquieta un poco no saber la longitud del recorrido. En cuanto a encontrar el cerrojo, se encuentra en el costado derecho a la altura del pecho.

En este mundo, el elenco de paraísos y lavanderías del alma es tan extenso que uno puede sentirse confuso. Ante la duda, ¿qué cuestan unos pasos por un pasillo oscuro? ¿y ofrecer unas monedas a cambio de que brahmán te estampe un pegote entre ceja y ceja, o quemar un par de barritas de incienso ante la imagen de Annapurna, o dejar una botella de alcohol y tres cigarrillos a los pies del Tío, en la mina de Potosí, o encender una vela en Montserrat?

A saber detrás de qué esquina puedes encontrar el paraíso.

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